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domingo, 21 de enero de 2018

IR DE CULO

Para las diferentes civilizaciones el culo ha sido el culmen de las diferencias anatómicas y, como no, asunto tabú por su propia naturaleza. Ciertamente, dependiendo de épocas y eras, es el fin de la espalda por siempre eterno motivo de enjundias, desenlaces, disputas, deseo, goce o furibundo ataque. Por eso cuando digo que voy de culo sé que una carga histórica apabulla mi reflexión. Más que reflexión una aseveración contundente.
Voy de culo como san patrás, como los cangrejos de las pozas saladas, como la economía represiva regresiva que nos asola. Mi culo es un estilete que contiene las lástimas diarias. Prisas, agobios, tráfagos, saturaciones. Días inhóspitos, hostiles, de enemigos- amigos agazapados en la jungla urbana de cementos y neones. Arrastra uno insatisfacciones, sobrias medidas, preocupaciones excesivas, sinsabores, o más bien arrastra uno un mundo átono que conduce a las nueve en punto de la noche a fatigas, olor a pateo cotidiano y ojos rojos de cansancio.
Todas las civilizaciones del orbe se suman a mi culo, voy fatal, al límite, aportando alforjas de plomo a un camino sin salidas. Pues sí, esa es la realidad de esta noche, lo confieso, mi culo pelado de situaciones anda escaldado y agotado. Lo peor: estoy  harto de ir tan de culo, como la mayoría de los que me rodean:  ......de culo igual que yo. Ya digo: sin solución.



viernes, 19 de enero de 2018

BARRIO

En las tardes rojas, una nube tubular se apodera del horizonte presagiando viento para mañana. Las paredes de la plaza están llenas de espray, pintadas sucias que se mezclan con el orín de los perros. Boquillas de porros, bolsas rotas de pipas, papeleras esquilmadas y bancos sin asiento. Pasa igual en todos los barrios. Un grupo de colegas trapichea hachís, pirulas y farlopa sin el  mínimo temor. Casi todos andan del desempleo a los calabozos y de los calabozos al talego y del talego al desempleo. Un círculo apenas irrompible.
 Los bares huelen a cantueso, a coñac, café y anís del mono. Máquinas tragaperras, esputos . Los bares florecen de miércoles a viernes. Tiemblan por las mañanas entre legañas, uñas de yeso y voces roncas. Al atardecer rellenan el hueco de lo cotidiano con espuma de cervezas y tapas de mayonesa  turbia.
La farola de la esquina no funciona porque anda sin tripas, cables ajenos al mantenimiento municipal. Apenas aparece político alguno durante años, salvo atropello manifiesto o reunión  publicitada de vecinos atropellados. Reuniones con promesas y promesas que se funden con lo ya hecho en el centro neurálgico de cada zona: más policía que proteja al todo de la nada, y más nada que confunda al todo.   
   Esa nube tubular no se apodera solo del horizonte, avanza a ras de asfalto como una metomentodo entre los camellos que pululan buscándose la vida en la sucia replaceta.
Un quinceañero con tatuajes verdes y colorados escupe al suelo mientras limpia la bujía de su moto trucada. La vida bulle, hierve como una acelga verde en una gran olla de agua. Cada momento cada cual persevera en cada quién y se anda a la espera del sueldo del paro, día diez.  
Mañana el viento de la tarde roja seguirá filtrándose entre las cestas de la compra, entre las motos de escape libre y los trapicheos de los desocupados. Penetrará en el corazón de las casas, en la ginebra y las copas vespertinas, irrumpirá como un ciclón en tertulias escatológicas y pasaderas que sólo rebosan vida,... vida de barrio.