Tomaba café tranquilo a las siete y media. Es buena hora para el café y el viene y va de las mañanas. Ojeo la prensa, la leo, observo opiniones, faldillas, columnas. Entonces, sin esperarlo, he visto una nota necrológica con mi nombre y apellidos. "A...R....J....., fallecido antes de ayer, en paz descanse". La necrológica no tiene mayores adornos. Abajo, en minúscula cursiva, una brevedad: sus familiares, amigos y allegados lo tendrán en la memoria.
La primera impresión que tengo al ver mi nombre en el recuadro negro de un periódico matutino es mirar a los lados. Tal vez alguien esté fotografiando ese instante de estupefacción. Tal vez no. Salgo raudo a la calle. Pido una copa de chinchón en un bar vacío, (hace siglos que no bebía una copa de chinchón), y me la meto entre pecho y espalda, quizás estómago y esófago. Caminando por la acera no dejo de dar vueltas al asunto. Llamo por teléfono a mi mujer. Comunica. Llamo a mis hijos, comunican. Llamo a un amigo, comunica. Pienso y actúo: telefoneo al periódico, a la sección de obituarios. También comunica. Así que tomo un taxi. Cuando pueda por favor. Hasta la calle Detal, número 69. En el camino, un poco más relajado, tal vez por los efectos del anís, advierto que una niebla espesa se apodera de la carretera. Y sin más, sabiendo que la mañana era soleada, temo lo peor. Por favor, aquí mismo, deténgase. Nadie hace caso. Nadie se detiene. Nadie conduce, nadie, sólo niebla alrededor. Y el dulzor empalagoso del anís en la garganta.
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