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miércoles, 3 de enero de 2018

LA NIEBLA

 Una niebla espesa cubre la ciudad. No se distingue nada, ni siquiera las cercanas luces de las farolas del parque. Esta ceguera provisional siempre me entusiasmó. Las tinieblas emergentes del centro de la tierra, el infierno judeo cristiano mismo. Automáticamente, episodios literarios vienen a mi mente. Recuerden la niebla de Boris Vian: 
en "El amor es ciego" esa calina producía deseos incontrolables de follar. Escrito en 1949, la irreverencia de Vian produce desasosiego sin más.
 Stephen King aprovechó el meteoro para sacar a pasear sus monstruos cotidianos en un buen relato de terror. Encerrados en un supermercado, atrapados por la niebla y sus habitantes, un grupo representativo de la ciudad expone sus miedos interiores armándose contra seres ocultos y contra ellos mismos......
 Lo cierto es que el denso vapor provoca interrogaciones en el ideario colectivo. ¿Qué es aquello que acaba embozado en las esquinas?, ¿qué misterio tenebroso no vemos?.
 El encasillamiento de las prioridades oculta la realidad, un poco como esta calígine  que ahora mismo sigue mojando de agua condensada los nidos de las aves. La misma lámina nubosa que emborrona nuestras vidas. Tan cercanos y sin embargo tan lejos, tú de mí, yo de ti, rodeados de ceguera compacta que nos hace invisibles.


jueves, 28 de diciembre de 2017

NIEBLA SEPULCRAL

Tomaba café tranquilo a las siete y media. Es  buena hora para el café y el viene y va de las mañanas. Ojeo la prensa, la leo, observo opiniones, faldillas, columnas. Entonces, sin esperarlo, he visto una nota necrológica con mi nombre y apellidos. "A...R....J....., fallecido antes de ayer, en paz descanse". La necrológica no tiene mayores adornos. Abajo, en minúscula cursiva, una brevedad: sus familiares, amigos y allegados lo tendrán en la memoria.
 La primera impresión que tengo al ver mi nombre  en el recuadro negro de un periódico matutino es mirar a los lados. Tal vez alguien esté fotografiando ese instante de estupefacción. Tal vez no. Salgo raudo a la calle. Pido una copa de chinchón en un bar vacío, (hace siglos que no bebía una copa de chinchón), y me la meto entre pecho y espalda, quizás estómago y esófago. Caminando por la acera no dejo de dar vueltas al asunto. Llamo por teléfono a mi mujer. Comunica. Llamo a mis hijos, comunican. Llamo a un amigo, comunica. Pienso y actúo: telefoneo al periódico, a la sección de obituarios. También comunica. Así que tomo un taxi. Cuando pueda por favor. Hasta la calle Detal, número 69. En el camino, un poco más relajado, tal vez por los efectos del anís, advierto que una niebla espesa se apodera de la carretera. Y sin más, sabiendo que la mañana era  soleada, temo lo peor. Por favor, aquí mismo, deténgase. Nadie  hace caso. Nadie se detiene. Nadie conduce, nadie, sólo niebla alrededor. Y el dulzor empalagoso del anís en la garganta.


domingo, 17 de diciembre de 2017

CONTAMINADOS

A despropósito de las nubes turbias que envuelven las megaciudades, recuerdo un cuento de Boris Vian donde una niebla espesa acababa apropiándose de la urbe y a todos, a todos, les entraban deseos terribles de follar. Concupiscencias incontroladas, unos con unas y otras con aquellos, esa niebla era la antítesis de la de King, donde monstruos surgidos del meteoro intentaban devorar a los supervivientes de un pueblo, encerrados, como nó, en un supermercado. La niebla, (boira en catalán, palabra auténticamente maravillosa) es recurrente, sobre todo porque nos impide ver, dotando esa ceguera extranormal de inquietantes sombras. 
Los niveles de mercurio, dióxido o azufre se disipan en la suculenta nube que en forma de globo intoxica a los ciudadanos. Es una nube originada por la mierda, originadora a su vez de enfermedades de mierda. La naturaleza de la excrecencia es el hombre, en singular, rey de la creación, aunque digan que las vacas contribuyen con su metano al envenenamiento. Autos, humos, vertidos, quemados, industrias, venenos. No es de extrañar que cualquier habitante del centro mesetario, al llegar a estas bajas latitudes y ver la mar, oh la mar, mee residuos sólidos de la impresión. Que en poco haya que andar con mascarillas anti contaminación, o máscaras antigases, o caretas anti estrés es cosa sabida.      De momento, a pesar de los miles de intentos por joder la marrana, uno contempla una bandada de gaviotas y patos comiendo en el remanso de la marea que viene, plácida, pulsada. El olor a salitre empapa pulmones curándolos, igual que se cura la melva en los barcos. Comento: las gaviotas se están dando un festín, debe de haber mucho pescado. No, contesta un señor bajito con chándal, están comiendo mierda arrojada desde el puerto. Una niebla ligera empieza a asomar.