Corto con una tijera el reloj a las tres menos diez de la tarde. Rompo con mis dedos un agujero en el forro del bolsillo de la cazadora y escupo disimuladamente contra un cadáver en la acera. Todo es espectáculo, detrás de las miserias personales forman los cordones de separación, las cámaras televisivas, los policías de servicio y los escaqueados, las motos de los guardias ordena- tránsito, que se valen del acontecimiento para fumar y el público en general, usted y yo. Con la barra de pan bajo el sobaco, o con la prensa matutina. Que miedo dice una señora. Un joven con granos en la cara le responde, miedo ¿porqué?, ya está muerto. Está muerto pero sólo se ve la sábana de aluminio dorada encima. Un muerto es un muerto, aunque se tire desde el cuarto piso. Era mayor, dicen, setenta años. Por eso la señora intuye miedo. Miedo de defenestración, lanzarse desde un balcón doméstico y morder acera o capó de automóvil. Corto con la tijera mi vida normal a las tres menos cinco. La vida es eterna.
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viernes, 18 de mayo de 2018
sábado, 27 de enero de 2018
CONDICIONAL
No sé cuantas veces he salvado la vida. Nunca menos de cinco, diferentes circunstancias puntuales. Un retraso, una bomba a doscientos metros y no a cien, una bala caliente zumbando por la oreja como las moscas del verano, un cuchillo serrado volando en el aire. Eso y las noches oscuras del alma, las calles como grutas, con murciélagos colgados en los balcones.
Otras veces he evitado acontecimientos refugiándome detrás de mí mismo, convirtiéndome en otra persona, escribiendo durante horas, leyendo, buscando párrafos que calmaran el ansia de vivir o de morir mismo. Ignoro las que he odiado, las cientos de ellas que amé conjunta e inseparablemente, como piezas ajustadas de un mecano oxidado.
Ahora, en la recta final, con el tiempo mordiéndome la nuca, devorado por todo lo que fui y no llegué a ser, fracaso crepitante, es en el refugio de la república de las letras donde me dejo reposar.
Otras veces he evitado acontecimientos refugiándome detrás de mí mismo, convirtiéndome en otra persona, escribiendo durante horas, leyendo, buscando párrafos que calmaran el ansia de vivir o de morir mismo. Ignoro las que he odiado, las cientos de ellas que amé conjunta e inseparablemente, como piezas ajustadas de un mecano oxidado.
Ahora, en la recta final, con el tiempo mordiéndome la nuca, devorado por todo lo que fui y no llegué a ser, fracaso crepitante, es en el refugio de la república de las letras donde me dejo reposar.
martes, 9 de enero de 2018
EN LA DUCHA
Un hombre de sesenta años está en el cuarto de baño frente al espejo. Oye por la radio un partido del Barça mientras piensa en la intrascendencia de la vida y la muerte y se mira reflejado desnudo.
Empieza afeitándose la barba canosa y dura, que pica como cuando era un adolescente. Elige patillas anchas y perilla, elige apurar en torno a los pelos furibundos que se rebelan contra él. En la nariz, dentro de las orejas, en las cejas desordenadas. Siempre ha pensado, incluso cuando no pensaba, que es otro. Que él no es él, aunque se reconozca en imágenes, en fotografías ajadas, en gestos de sus hijos. Mierda biológica, capaz de contaminar para siempre a generaciones venideras.
Se ha cortado un poco con la maquinilla de afeitar y ve en el espejo correr sangre desde el cuello hasta el pecho. Un hilito rojo que se desliza por el mapa de la piel. Pecho, barriga ondulada, ombligo; fino hilo rojo que parte y acaba, que se enturbia con el agua templada o languidece cuando aprieta con el dedo. Suena gol en la radio y el hombre mirando al otro, al que no considera él, se alegra. Decide entrar en la ducha. Entretiene el instante con el gel perfumado, con las pompas que se escapan del tarro rosa de peuvecé.. Definitivamente se seca con una toalla pensando en despedirse del otro, del ser que siempre, en la soledad del baño, parece que es el que ocupa su vida.
Empieza afeitándose la barba canosa y dura, que pica como cuando era un adolescente. Elige patillas anchas y perilla, elige apurar en torno a los pelos furibundos que se rebelan contra él. En la nariz, dentro de las orejas, en las cejas desordenadas. Siempre ha pensado, incluso cuando no pensaba, que es otro. Que él no es él, aunque se reconozca en imágenes, en fotografías ajadas, en gestos de sus hijos. Mierda biológica, capaz de contaminar para siempre a generaciones venideras.
Se ha cortado un poco con la maquinilla de afeitar y ve en el espejo correr sangre desde el cuello hasta el pecho. Un hilito rojo que se desliza por el mapa de la piel. Pecho, barriga ondulada, ombligo; fino hilo rojo que parte y acaba, que se enturbia con el agua templada o languidece cuando aprieta con el dedo. Suena gol en la radio y el hombre mirando al otro, al que no considera él, se alegra. Decide entrar en la ducha. Entretiene el instante con el gel perfumado, con las pompas que se escapan del tarro rosa de peuvecé.. Definitivamente se seca con una toalla pensando en despedirse del otro, del ser que siempre, en la soledad del baño, parece que es el que ocupa su vida.
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